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1910-1939: cuando el viñedo de Cognac reconquistó sus tierras de Champagne
Domingo 11 de octubre de 2026, por
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De la desolación que dejó la filoxera al renacimiento de las laderas calizas, un repaso a treinta años decisivos que dieron forma al paisaje y a la identidad del viñedo de Cognac.
Una tierra de viñas marcada por la catástrofe
A comienzos del siglo XX, los paisajes vitícolas de las Charentes conservan todavía las cicatrices de una catástrofe sin precedentes: la filoxera.
Aparecido en el viñedo charentés en la década de 1870, este minúsculo insecto llegado de América fue arrasando poco a poco las plantaciones. En unas décadas, el inmenso viñedo que había hecho la riqueza de la región se derrumbó.
En los campos de Grande Champagne y de Petite Champagne, las consecuencias fueron profundas. Algunas parcelas se abandonaron y otras se convirtieron en tierras de cereal o en prados. Hubo familias que dejaron sus explotaciones, y los pueblos sufrieron los efectos duraderos de la crisis.
Sin embargo, la vid nunca desapareció del todo.
A partir de finales del siglo XIX, los avances del injerto sobre portainjertos americanos resistentes a la filoxera permiten plantearse una reconstrucción. Pero este renacimiento es lento, costoso y desigual.
En 1910, el viñedo charentés entra así en una nueva fase de su historia: la de una reconquista progresiva de sus tierras predilectas.
1910-1914: el regreso a las laderas calizas
Antes de la crisis filoxérica, la vid ocupaba un lugar considerable en el paisaje charentés, incluso en terrenos cuya vocación vitícola era menos clara.
La reconstrucción lleva poco a poco a los viticultores a replantearse dónde plantar las viñas.
Las laderas calizas de Grande Champagne y de Petite Champagne recuperan un interés particular. Estas tierras, famosas por producir aguardientes finos, aptos para un largo envejecimiento, constituyen un patrimonio vitícola esencial para la región de Cognac.
En torno a Segonzac, Juillac-le-Coq, Genté, Salles-d’Angles o Archiac, la reconstitución del viñedo forma parte de un movimiento de especialización agrícola.
Los viticultores deben, no obstante, hacer frente a varias dificultades:
- El elevado coste de plantar viñas nuevas.
- La necesidad de dominar el injerto y los portainjertos.
- La adaptación de las variedades a los suelos calizos.
- La espera de varios años antes de las primeras cosechas.
- La incertidumbre de las salidas comerciales.
Esta reconquista no es, por tanto, un simple regreso al pasado. Marca el nacimiento de un viñedo distinto, más técnico, más seleccionado y cada vez más orientado a la producción de aguardientes de calidad.
1914-1918: un renacimiento interrumpido por la guerra
Cuando estalla la Primera Guerra Mundial, el viñedo charentés sigue en plena reconstrucción.
La movilización de los hombres trastorna las explotaciones. Las mujeres, los mayores y los más jóvenes se hacen cargo de gran parte de las labores agrícolas, en condiciones difíciles.
La vid exige, sin embargo, cuidados constantes: poda, mantenimiento del suelo, tratamientos, vendimia y vigilancia sanitaria.
La falta de mano de obra, las dificultades de abastecimiento y las limitaciones económicas frenan las nuevas plantaciones.
La guerra retrasa así el movimiento de reconstitución, sin destruirlo.
En muchas familias viticultoras, conservar las viñas existentes es ya una forma de resistencia. Las plantaciones se mantienen en la medida de lo posible, con la esperanza de retomar su desarrollo tras el conflicto.
1919-1929: la reconstrucción y la búsqueda de la calidad
Tras el armisticio, el viñedo charentés recupera poco a poco perspectivas de desarrollo.
Los años veinte son un periodo importante en la reorganización de la viticultura regional.
La reconstrucción del viñedo va acompañada de una evolución de las prácticas. Los viticultores tratan de comprender mejor las relaciones entre los suelos, las variedades, los rendimientos y la calidad de los aguardientes.
El injerto es ya un componente imprescindible de la viticultura. Las plantaciones se basan en decisiones técnicas más meditadas, mientras cambia la composición varietal.
La Ugni blanc va cobrando una importancia creciente. Su productividad, su acidez y su aptitud para dar vinos destinados a la destilación favorecen su expansión, aunque siguen presentes otras variedades tradicionales.
En las tierras de Champagne, este periodo consolida además una vieja convicción: no todos los terruños dan los mismos aguardientes.
Los suelos de creta de Grande Champagne, en particular, se asocian a aguardientes reconocidos por su finura y su potencial de envejecimiento.
La reconstrucción se convierte entonces en una cuestión tanto de geografía como de economía.
1930-1936: la crisis económica y el reconocimiento de los terruños
Los años treinta traen nuevas dificultades.
La crisis económica mundial afecta a los intercambios comerciales y debilita los mercados. Para una región cuya actividad depende en gran medida de la venta del coñac, las consecuencias son importantes.
La cuestión del origen y de la calidad de los aguardientes ocupa un lugar cada vez mayor.
Un acontecimiento decisivo había preparado ya esta evolución: el decreto del 1 de mayo de 1909, que delimita la región de producción del coñac.
Pero es en el periodo de entreguerras cuando el reconocimiento de los terruños se afirma con nueva fuerza.
El decreto del 13 de enero de 1938 consagra la delimitación de los crus del coñac, entre los que figuran la Grande Champagne y la Petite Champagne.
Este reconocimiento es la culminación de una larga historia: la del conocimiento empírico de los suelos, de las prácticas de destilación y de la reputación comercial de los aguardientes.
Las tierras de Champagne ya no son solo paisajes vitícolas de renombre. Pasan a formar parte de una geografía oficial de la producción del coñac.
1937-1939: un viñedo transformado en vísperas de un nuevo conflicto
A finales de los años treinta, el viñedo charentés es profundamente distinto del que existía antes de la filoxera.
No ha recuperado en todas partes su antigua extensión, y la reconstitución sigue siendo desigual según los municipios y las explotaciones.
Pero cuenta ya con nuevas bases.
Los portainjertos resistentes han permitido estabilizar las plantaciones. Los conocimientos agronómicos han mejorado. Los viticultores han desarrollado prácticas mejor adaptadas a las exigencias de sus terruños.
Sobre todo, el viñedo se estructura en torno a una identidad más marcada: la de una producción destinada a elaborar un aguardiente de origen reconocido.
La Grande Champagne y la Petite Champagne ocupan un lugar central en esta evolución.
En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, la reconquista sigue inacabada, pero lo esencial está logrado: las tierras calizas han recuperado su vocación vitícola y su papel en el futuro del coñac.
Una reconquista que dio forma a los paisajes de hoy
Entre 1910 y 1939, el viñedo charentés no se limitó a reconstituirse. Se reinventó.
La catástrofe de la filoxera había trastocado un sistema agrícola antiguo. Las décadas siguientes obligaron a elegir: dónde replantar, qué variedades favorecer, cómo producir y cómo proteger la reputación de los aguardientes.
El regreso de la vid a las tierras de Champagne ilustra esta transformación.
Tras las hileras de viñas que hoy dibujan las laderas de Segonzac, Genté o Archiac se esconde así una historia hecha de crisis, paciencia y transmisión.
Fueron las generaciones de viticultores de entreguerras las que contribuyeron a sentar las bases del viñedo contemporáneo.
Porque el renacimiento del viñedo charentés fue mucho más que una reconstrucción agrícola: fue la reconquista de un terruño, de un saber hacer y de una identidad.
Leer el capítulo anterior: La filoxera en las Charentes: cómo el viñedo de Cognac estuvo a punto de desaparecer antes de renacer
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